El apetito humano es un fenómeno complejo que refleja la interacción de procesos biológicos, psicológicos y sociales en la ingesta de alimentos. Comprender qué impulsa nuestro apetito es importante para conocer de dónde viene el consumo excesivo y el desarrollo de ciertos tipos de obesidad en los seres humanos.

Para definir cómo funciona y qué motiva al apetito, es importante establecer en principio una diferencia entre éste concepto y el hambre. En lo que respecta al área de la Nutrición, hay un acuerdo generalizado sobre este tema: mientras que el hambre tiene que ver con el instinto de supervivencia que impulsa al organismo a alimentarse cuando este así lo requiere, el apetito es la sensación de comer influenciada, muchas veces, por aspectos psicológicos de la persona, como el deseo de comer por placer, tristeza, aburrimiento, etc.; sumado al contexto externo que también puede incentivar la ingesta de alimentos aunque no se tenga hambre.

En el cerebro hay una región particular que regula ambas funciones: el hipotálamo, que constituye la zona cerebral más importante para la coordinación de conductas esenciales vinculadas al mantenimiento del individuo como regular la liberación de hormonas de la hipófisis, mantener la temperatura corporal y organizar conductas como la alimentación, la ingesta de líquidos, el apareamiento y las agresiones.

Según la Fundación Española de la Nutrición, existen diferencias concretas entre el hambre y el apetito. Mientras que el hambre es un factor fisiológico-químico generalizado que incluye factores como el desequilibrio nutritivo de los tejidos; un estado de necesidad que es detectado por el sistema nervioso a través de receptores neuroquímicos específicos; la necesidad fisiológica de alimentarse para conservar la vida; una sensación visceral, involuntaria y dolorosa y un proceso vital e indiscriminado que se puede satisfacer con cualquier alimento; el “apetito” es un factor fisiológico – orgánico localizado.

Para dicha organización, este último implica un conjunto de sensaciones que se localizan en la boca y el estómago; la necesidad de alimentarse para proporcionar placer al estómago; un estado consciente y voluntario condicionado por experiencias anteriores; selectividad a la hora de elegir el alimento con el cual encontrar placer; sensaciones placenteras y desequilibrios por factores psicológicos como estado de ánimo, preocupaciones, estrés o propia voluntad.

En algunas ocasiones el apetito es insaciable. Cuando terminamos de comer la sensación de plenitud no aparece y no basta con las cantidades que se ingieren, porque el cerebro pide un poco más.

Comprender entonces estas diferencias es clave para entender que el hambre y el apetito son dos conceptos distintos, a pesar de que muchas veces se utilicen de la misma manera.

El apetito desde la nutrición

Hoy en las góndolas del supermercado o en cualquier quiosco disponible encontramos una cantidad de snacks, golosinas y alimentos ultra procesados que son los principales llamadores al despertar del apetito y la ansiedad. Más que nunca, la comida está disponible incluso a través de aplicaciones móviles que nos invitan a degustar una hamburguesa o un pote de helado sin siquiera movernos del sillón. Esto tiene que ver con el crecimiento exponencial de la industria alimentaria, fundamentalmente la de los alimentos ultra procesados, pero también la de la comida chatarra, que nos pone enfrente un sinfín de alimentos que no necesariamente son sanos para la salud.

Más allá de que también existan más alternativas saludables, los alimentos altos azucarados o altos en grasas y calorías son los primeros que llaman la atención de nuestros cerebros, y en esta instancia una educación nutricional sana, real y saludable se vuelve un punto importante.

Hoy no comemos lo mismo que hace 60 0 70 años atrás, y nuestras conductas alimentarias –relacionadas a aspectos sociales, culturales y económicos- tienen impacto en la salud de nuestros cuerpos. Según la 4° Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR) realizada este año por la Secretaría de Gobierno de Salud y el INDEC, el 61,6% de los argentinos tiene hoy exceso de peso, en una proporción de 36,2% de personas con sobrepeso y 25,4% con obesidad.

Según esta encuesta, la obesidad alcanza hoy a un cuarto de la población y desde 2005 aumentó casi 11 puntos porcentuales, lo que ubica a la población de nuestro país en una zona de riesgo.

¿Qué es la conducta alimentaria?

Los desequilibrios nutricionales que encuentran raíces en los hábitos sociales, culturales, tecnológicos e industriales pueden de-construirse y derribarse. Y para esto es necesario comprender por qué comemos: ¿por hambre o por apetito?

Entre algunos de los consejos que brindan nutricionistas sobre el momento de la ingesta de alimentos, se recomienda a las personas comer despacio dándole al cerebro el tiempo necesario para recibir señales de saciedad; comer sentados y conscientes, colocando plato, mantel y cubiertos; intentar comer en horarios fijos, para distribuir la comida de la mejor manera posible; servir en platos pequeños y poca cantidad y escuchar las señales de saciedad.

Para este proceso, muchas veces es necesario el acompañamiento de un profesional de la Nutrición, que pueda asesorar y educar sobre alimentación consciente y saludable, teniendo en cuenta las necesidades, deseos y posibilidades de cada persona: no todos comemos lo mismo, y no todos pensamos la alimentación desde el mismo lugar.

En Siglo 21, la nueva Licenciatura en Nutrición concibe a la salud desde una perspectiva integral como un estado de completo bienestar, donde el foco está puesto en el paciente pero también en lo que el mundo demanda, con la convicción de crear sociedades cada vez más sanas.

Impulsar la educación nutricional de cada persona pero también la formación de nutricionistas que acompañen los conflictos contemporáneos y los del futuro es uno de los desafíos más importantes.